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Milano bianca


 De aquél intermezzo milanese 
no recordaré el duomo blanco, gélido y tumultuoso
ni el lujo en las vitrinas  admiradas
ni turistas ni novias fotografiadas saliendo del metro
en imposible fascinación fan.


 Quizá la fría geometría de los espacios no concebidos a mi medida.


 O tal vez la impresionante visión de una cúpula cansada de albergar flashes.


Mejor el confetti que siembra de color el suelo,
la gris Milán 
con inocentes papelillos
que disipa el viento helado.


Cosas bonitas y tontas

 Cosas bonitas y tontas, como lápices con forma de tronco.

 Que contrastan con minas en tonos vivos.

 Corazones de corteza de árbol

 con el envés de madera clarita.

 Gomas de colores.

 Lima, naranja, chicle, turquesa, amarillo...

 Ato corazones.

 Ato lápices.


Presento.

Solo se trata de un boceto.

Cosas bonitas y tontas, encontrar y asociar.
Cosas bonitas y no tan tontas:
Hacer cosas con cosas.
Mirar muy de cerca.
Construir un escenario.
Atraer una mirada.
Provocar una sonrisa.

Abeto de cartulina cuché










Adoro encontrar nuevos usos a herramientas con las que convivo. 
En este caso, la máquina de cortar patrones ha perforado huecos en cartulinas brillantes. Una vez preparadas, han sido grapadas y apiladas en torre de más a menos. Después rellenadas con hilos de luz y decoradas con unas pocas bolas en oro.

Ahora, árbol y reno, ambientan la recepción sobre una alfombra de césped artificial.

Coste mínimo. Integración de herramientas y perversión de usos. 
Solo hay que abrir el foco, creer en que aquello que nos rodea puede producir belleza. Y hacerlo. 
Simplemente.

Reno de cartón

 Es de cartón
 pintados de blanco
 el cuerpo y las patas.
Los cuernos en oro y lentejuelas.
 Es blanco y oro.
Es un reno simbólico. Simple.
Pero, de alguna manera, ha llenado la casa de bosques.

Navidad en arpillera, blanco y plata

Acudo a tiendas no siempre demasiado bonitas a buscar elementos de atrezzo para mi trabajo. En esas ocasiones, siempre recuerdo una frase de una colega con la que colaboré durante bastante tiempo y con la que, sobre todo, me divertí muchísimo.  
Ella opinaba que había que sacar las cosas de contexto. Cuando descubríamos un hallazgo entre la morralla y la baratija, decía:  "Esto, fuera de contexto, puede funcionar muy bien". 

Y así era, en efecto. Rescatado del entorno cutre, de la apabullante vulgaridad de su hábitat y expuesto solo, sobre fondo blanco, el objeto se crecía en su singularidad y brillaba con luz propia.

Es así como busco lo que  habla en voz baja entre espumillones y oropeles. Lo que, por su sencillez, hace apenas ruido. Pero, una vez liberado del envoltorio de plástico chillón y dispuesto, cuidadosamente, en el soporte y bajo la luz adecuadas, resuena su belleza sencilla y su auténtica esencia.

Arpillera. Blanco de laca. Plata.
Un primer bodegón luminoso que anuncia la navidad.









Por cierto, aquella amiga de la que hablaba vive muy cerca y no nos vemos casi nunca. Pero siempre queda, como un susurro entre los días, la posibilidad de retomar nuestra historia.
Te dedico esta entrada, Pi. Ya sabes porqué.

De Roma, árboles. De Florencia, nubes.




Voy a Roma y veo metros, trenes, tráfico y gente, gente.
Apenas cúpulas, apenas piedras.
Luces que surcan la noche en constante vértigo.
La ciudad escondida entre sus propios edificios.


 Voy a Roma sin estar.
Solo cuando miro hacia arriba.
De Roma, las copas de los árboles.


Voy a Florencia y miro el cielo.
Me sorprende el asomarse de nubes blanquísimas.
Tras el horizonte como un escenario.


Habitantes fortuitos en un bello teatro íntimo.


Estoy y, sin embargo, no me siento aquí.
Tan solo cuando la vista se engancha en el reflejo 
de unas casas sobre el Río.


De Florencia me traigo las nubes.
Y el horizonte reflejado.

Milano. La distopía.

 Una distopía o antiutopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma.

 Cuando voy a ciudades como esta, a eventos como este, 
me siento inmersa en una distopía.
Es el humano en masa, en acción de industria, 
en permanente exhibición de prestigio,
imagen, actividad, presencia...

Con todos los no colores de la rutina febril.

Desaparece la escala humana.
Los edificios se vuelven complejos y amenazantes.
Gélidos como un enorme puñado de huesos descarnados
en el hielo.
 Sin embargo puedo captar la belleza periférica y soñadora 
de la herrumbre abandonada
junto a los esqueletos de los grandes árboles 
familiares de abetos nórdicos y enebros que buscan tocar el cielo.
 La infatigable naturaleza, encuentra hueco, 
a duras penas
y me acompaña silenciosa durante el camino de vuelta.
Mientras tanto,
añoro mi burbuja de las distancias cortas, la poca gente, 
el silencio.

Lo Que No Se Ve

 Lo que queda atrás: 
El momento, la sensación, el resultado...







La Ayuda, la Complicidad, el Camino, la Experiencia, el Agradecimiento.
Lo Que No Se Ve.
Lo que permanece conmigo.