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Taller de cocina. Ampliando horizontes.


 Me gusta de la cocina que amplia mi perspectiva.
 Que me permite oler con las manos, mirar con la nariz, saborear  con los ojos y tocar con el recuerdo.
 Donde construyo universos efímeros
 para mí y para los míos.
 Que me adiestra en la paciencia, para escuchar, para aprender.
 Que me hace mirar hacia aquello que desconozco
 y probar sin temor al fracaso.
 Una vez, dos veces, tres...
 Hasta conseguir algo que se parece al modelo.
Aunque eso no sea lo más importante.

Gracias a las profesoras: Thaïs y Pilar por enseñarme tantas cosas que no sabía. Y a Celia por esas 148 fotos preciosas de las que apenas rescato una muestra.

Taller de Cocina Vegana en Yocomotuarte. Valencia. 

El botín

Podría pasar cien hojas del último número de pasarelas de moda, repleto, como un cofre de joyas, de bolsos fantásticos, relojes como brazaletes de diamantes y zapatos de tacón imposible.
Una vez observado el último editorial, donde modelos apáticas se dejan envolver en seda y mohair, cerraría con desidia la revista y pensaría, una vez más, que no soy de este planeta.
 Mi verdadero lujo, el botín más deseado, está para mí entre la tierra y el aire. Tiene hojas crujientes y raíces vivas.
 Y no es de sangre azul sino verde.

Crema "Purple rain"

 No se puede llamar receta. Es, sencillamente, mezclar ingredientes. Ni siquiera ingredientes, más bien sobras y cosas que compras sin saber muy bien porqué. Como, por ejemplo, las remolachas hervidas en su jugo. Diez remolachas. Dónde vas con eso?

Cuando abres el paquete, sangra. Es como una matanza. Además están dulces y te da pereza, incluso, mezclarlas en la ensalada.

Pues hoy me he levantado creativa y he decidido hacer una crema. Hago acopio y elevo a categoría de ingrediente a unos cuantos desheredados que daban tumbos por la cocina.

Así pues, esto es lo que vamos a utilizar:
Lechuga, tomates, un poco de cebolla, un paquete de remolachas, aceite, sal y vinagre. (El aguacate al final no lo puse).

El operativo es sencillo. trocea y bate todos los ingredientes. Una vez los tienes bien triturados, pasamos por el chino.

Permitidme un apartado para hablar de ese bonito artilugio algo en desuso y que, para mí, es un héroe que desafía los tiempos. Incluso, al gigante termomix.
El chino, ese humilde héroe de la cocina.
Cuando paladeas una crema pasada por el chino, la textura es perfecta, no hay más que decir. Las cremas hechas con termomix resultan, en mi opinión, sintéticas, artificiales, raras. Saben a termomix.

Mientras avanzas con el proceso, observas cómo tu cocina adquiere el aspecto de una batalla campal. Cuando enjuagas los utensilios en el fregadero, aquello está a medias entre una escabechina de barbies y el ectoplasma de Poltergeist.

Lo bueno es que, simplemente con agua, todo desaparece sin dejar rastro.
Pero debo decir que el proceso me ha tenido bastante interesada por sus connotaciones pictóricas y posibilidades artísticas.

Y he aquí la crema en todo su esplendor.


Hermoso color. Consistencia perfecta. Sabor refrescante.
(Añade bastante vinagre y sal. Son endemoniadamente dulces las remolachas).

Y ahora un bonito emplatado:

Cuenquito handmade comprado en París (en The Conran Shop, mi adorada) y mantel primaveral de una tela que me trajo una amiga de China. Todo con mucha historia.

Por encima, un poco de perejil y apio picados y un chorrito de aceite (del bueno).

Ya veis que no es una receta en regla pero no trato de engañar a nadie. Si lo dudas, mira la etiqueta:
"Comida bonita" y eso, desde luego, lo cumple.

Bon apetit.
Amor mío, ya sabes qué vas a comer hoy!


Degustación

En esta ocasión, el ambiente diseñado trasciende lo puramente visual y entramos en el universo, mas amplio, de lo sensorial.

Brillante, contrastado, armonioso, aromático, crujiente, untuoso, sorprendente, delicado, evocador, distinto..., desdibujamos los límites obteniendo matices desde todos los sentidos. 
No lo parece pero sigue siendo trabajo. Y, una vez más, todos en casa formamos parte de la tarea, incluso Tibet, que se hace cargo de los "descartes".

Os invito a probarlas.


 




Comida honesta







Época de transición. La cambiante atmósfera se hace notar con cierto desasosiego o apatía, lo que se suele definir como astenia. Yo me siento apagada, a medio gas. 
Entonces vuelvo los ojos a la fuerza de lo simple. A la reconfortante modestia de lo cercano y lo natural.
 
Lo aparentemente sencillo, visto de cerca, depara grandes perspectivas. Lo pequeño, lo habitual, lo doméstico, en su honestidad, perdura. En su modestia se hace grande. En su silencio, repara.

Miro de cerca la piel de los frutos y me admiran color, texturas, diseño y aroma. En el ritual simple de disponer las ramas del hinojo en agua, hallo la paz. En el pequeño gesto, descanso.