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Primer paseo de otoño


 De aquél primer paseo decididamente otoñal 
se trajo un suelo fragante como alfombras de terciopelo, 
esqueletos de ramas hacia el cielo en modo crepúsculo
y la compañía de un perro con superpoderes
(encontrar una piña lanzada en la semioscuridad
mimetizada en agujas de pino).

Y volvió por calles que la lluvia barnizaba.


Al llegar a casa descubrió
en su mochila
un ramito de bayas que había cogido sin pensar.

Y se vio a sí misma 
como una caja de resonancia
que acogía espacios y aromas
y no era nada y lo era todo.

Mediodía errático


Esperando detonantes para la escritura
me pilla este mediodía
en que, ajustados mis pasos a los de un Tibet errático y buscador
me descubro errática y buscadora.

Como él, muevo la cabeza en todas direcciones 
en busca de un rastro, quizá,
el olor de otro que pasó por aquí,
un roedor o un hermoso galgo.
Escucho el gruñido del carlino 
atado y quieto junto a su amo,
siempre nos parecen, a Tibet y a mí,
perros que han tirado la toalla
muchas generaciones atrás.

Y así va y viene mi mente
de uno a otro asunto, 
de un rastro a otro, sin rumbo,
cuando algo, en el extremo de la visión
me deslumbra.
Un resplandor púrpura
que siempre me sorprende por su intensidad
vibrante.

Es la explosión de la jacaranda
a mis pies y alrededor de mi cabeza
en el feo parque de la esquina.
El parque coronado,
 durante unos días privilegiados,
con las flores malva
que gritan en medio 
del mediodía en blanco y negro.




Riverworld


Existen varios accesos, tantos como principales arterias de la población. Pues toda esta se constituye en sendas vertientes paralelas al Río, tal se diría que son afluentes de invisible caudal salvo por los paseantes que acuden a su lecho. 
A la derecha, justo en la entrada elegida, el circus elíptico, lugar de juegos de atletas y aficionados y, algo más allá el ágora de las hordas, donde se reúnen las tribus de corredores que pueblan, de forma mas y mas alarmante, la garganta fluvial.
A continuación y, junto al primer bosque a la derecha, enfrentan las jacarandas otoñales, en este momento perdido su lustre púrpura que alfombra los suelos con destellos cegadores.
Pasado el puente del refugio, donde los vagabundos dormitan y ahogan su soledad en vino barato, se halla el ágora canina I, ahí el viajero se detiene si se le da permiso pues lo pueblan clanes no siempre amigables.
Tras el circus II, se extiende el lugar de los grandes barones con sus altivos perros sedentes como estatuas y la deliciosa princesa Pomerania cuyo aroma y suntuoso pelaje cautivó, ay!, al inexperto Tibet el Mestizo.
Un poco mas allá se halla la desolada presa de Gotham, en cuyas aguas el mismo Tibet encuentra acicate a sus ardorosos deseos de aventura. Se dice que de ese cieno, el Mestizo extrae su nervioso paso y esa pulsión por lo desconocido.
Posiblemente, en ese tramo del camino encontraremos al Bicipalo y sus dos pequeños juglares husmeando siempre en busca del amor perdido. Si nos paramos a escuchar, oiremos del caminante estupendas historias sobre podencos y estorninos.
Después de la presa, y tras el puente metálico que con su ruidoso traqueteo delata el paso de los habitantes superiores, se extiende el ágora de los juegos, donde seres de toda condición se ejercitan para sus respectivas batallas.

Y mas allá, el puente de la espera donde cuentan que la famosa comitiva del Mestizo, sus damas, el paseante silencioso y Luc, el intrépido pastor, inician su  andadura hacia el final de la cañada.

A continuación y pasada la pradera, el lago de los patos y sus jardines adyacentes, el prado zen donde mirar el sol puede ser narcótico, el lugar del barco pirata allí varado desde nadie sabe cuándo, encontraremos el final de las tierras habitadas marcado por el inicio de la cañada de los power rangers, seres metálicos de vivos colores que recorren, montados en veloces ingenios, los caminos con riesgo de hombres y canes.

Pero vayamos algo mas allá, tras los pasos del Mestizo y su comitiva y, a través del bosque bajo de los rastros donde nos detendremos a la búsqueda de pequeños roedores y otras cosas sin nombre llegaremos, por fin, al gran cañón, donde ocurrió, en el sitio de la Pérdida, la desaparición del arnés de visión nocturna que la comitiva sigue empeñada en encontrar para su reposición.
Para que el Mestizo deje de serlo y recobre su linaje y lo ponga a los pies de Pomerania la hermosa y todo vuelva a ser como al Principio por los siglos de los siglos.


La distancia justa


Nos tanteamos. Nos conocemos.
Poco a poco lo vamos consiguiendo. 
Ahora entiendo que él va mejor suelto. Es su distancia. 
Cuando husmea sus rastros sin quitarme ojo, aunque yo no me dé cuenta. 
Él siempre sabe dónde estoy aunque parezca perdido y obsesionado entre las enredaderas.
Cuando se convierte en perro montaraz.

Ya no comparo la realidad con la fantasía. 
No busco cumplir descabelladas expectativas (que ya no me parecen tan perfectas).

Hemos logrado la distancia justa. 
Él, casi libre. Yo, tranquila.


Tibet sur la plage


va y y viene
con su cola en eterno y feliz vaivén

me sonríe
el hocico lleno de arena

mirándolo correr
casi no he visto el mar
gris 
otoñal

Correa larga y zapatillas mojadas

Me vais a disculpar, una vez mas mi monográfica insistencia en el tema. 
Pues en el master canino en el que andamos metidos desde hace un mes y medio, hemos llegado a la etapa de la correa larga.

Es este un momento estratégico, un punto de inflexión entre el andar "junto", cosa que mi perro no parece acabar de comprender del todo y la suelta definitiva esperando que vuelva. (Y ya siento ansiedad solo de pensarlo).

Y esto, como todo lo demás, tiene doble lectura: Saber soltar.

Soltar como lo contrario a retener, imponerse, pelear, revelarse, "engancharse". O sea respetar, aceptar, dejar ser lo que es.

La correa larga inicia un período de contar con el otro.
Tibet puede volverse loco tras un rastro. Aunque no de rancio abolengo, es un podenco. Puro, buscador, curioso, vital. Me lleva a iniciar con él un otoño tardío lleno de aromas y sensaciones en vena. Pisando juntos la hierba encharcada me permite compartir el instante en toda su dimensión, segundo a segundo.
La correa larga hace que, de vez en cuando, se acuerde de mi y me mire. Con esa sonrisa perruna de felicidad absoluta. 
Yo estoy ahí, al otro lado de la correa. 
Su continuidad. Su persona. Su anclaje.