
Dicen que es la crisis lo que nos lleva de vuelta a la casa, a revivir un espacio propio, con usos de amplio espectro y, sobre todo, barato.
Yo reivindico la Naturaleza Doméstica como algo que aporta valor. Porque previamente se le ha dado.
Hemos reflejado en nuestro espacio aquello que deseamos ver, lo que nos evoca, lo que nos tranquiliza, aquello que somos.
Qué me lleva a colocar un objeto junto a otro, seguramente el deseo de una simetría oculta, donde cada elemento dialoga con el que tiene al lado: Componer ambientes, recrear paisajes caseros, confortar la mirada con la armonía de lo cercano.
Agradezco una herencia de constante búsqueda de la belleza. Genéticamente, vengo equipada con un delicado mecanismo para conseguir mejorar mi entorno, a mi criterio, a mi aire.
Ese afán que me hace retirar en la habitación del hotel la colcha, el teléfono, los panfletos y todo lo que me haga recordar que no estoy en casa. Porque estar en casa es estar donde quiero estar, aunque sea una roca, una playa, un tren, o el sillón donde hago punto.
Compongo el aire que me rodea con mano dedicada. Y eso me fué dado. Afortunadamente, porque lo que necesito y obtengo acaban siendo lo mismo.
Desde siempre he visto en casa naturalezas encontradas y ofrecidas en los más diversos recipientes. Piñas y hiedras en jarras de porcelana, vasos de cristal tallado con ramas de vid. Troncos apilados en artística forma. Piedras y conchas, pilas de libros y revistas bajo la caja de la costura, bandejas con naranjas pintadas de oro...
Por eso hablo de herencia. Lo que ves y te habla, antes incluso de que lleguen las palabras.
Traigo cosas de fuera, tesoros encontrados en días de campo y playa. Y evoco, tras el cristal, el verano y, sobre la mesa, aquél viejo bosque de sabinas.
Lo que miro me hace recordar. Le habla a mi memoria. Hace que me sienta bien. A mí y a los míos.
La casa es, en definitiva, la extensión de un abrazo.
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