Fase menguante


Somos predecibles, las personas.
Nuestros ciclos vitales reproducen, me temo, antiguos itinerarios, trazados viejos y repetitivos que nos igualan, querámoslo o no,  unos a otros en monótona y gris multitud.

Una de esas escalas que nos unifican es la fase menguante. Esa que queda tras una ruptura, tras un excesivo esfuerzo (sea éste en positivo o negativo, esto es destructivo o constructivo para nuestra persona). Esa fase menguante que nos oscurece y oculta en casi toda nuestra superficie; que, aparentemente, nos desdibuja y aleja.

Sin embargo, porque siempre hay una contrapartida, esa fase menguante es necesaria pues es ambivalente.
Porque el mísero arco de luz en que nos convertimos, en vez de esa esfera luminosa y opulenta que lucen otros, no es más que la cabeza de un iceberg planetario. Ahí, en la sombra, suceden cosas. Maravillosas tareas de apuntalamiento y remodelación. Ahí, en la sombra, se fraguan batallas y se logran acuerdos y, al cabo de un período determinado, surge el resto de nuestra superficie, crecido y brillante, porque ha superado un nuevo avatar. Y se ha hecho más fuerte.

Por eso, si veis a alguno de nosotros en fase menguante, reservaos consejos y buenos deseos, guardad, mejor,  silencio y esperad. Pues, ocultos en la sombra, estamos creciendo.


Cosas que aprendí en la reforma (II)


Seguimos en el túnel. Ahora en medio. Es ese período en el que todo va tan lento y los trabajos están tan solapados que parece no ocurrir nada. Ves el principio y el final equidistantes. No se puede hacer nada, tan solo esperar. Barrer y esperar.
Sin embargo, a la mente avispada y atenta, le van ocurriendo cosas. Mejor dicho, va dándose cuenta de que le ocurren cosas.

  • Una reforma es una excelente ocasión para ejercitar la asertividad. Alguien muy sabio me lo sugirió. Es, en mi caso, una asignatura pendiente. Pero vaya si lo estoy haciendo!
  • Ejercitar la asertividad puede tener dos consecuencias: Que no te hagan caso; es posible (ellos siempre saben más que tú). O que sí te hagan caso y te escuchen con atención, porque al fín y al cabo tú encargas el trabajo, y te expliquen los herméticos símbolos de la distribución en el plano o te pongan ese punto de luz indirecta que tanto necesitas. (Ya sé que a muchos esto les parecerá una tontería pero esos que padecéis deficit de asertividad me entendéis, a que si?)
  • Que una habitación en blanco es una promesa. Mientras está vacía todo es posible. Es un fantástico momento para replantearte el uso, la necesidad de cada elemento, el valor de dejar espacio.
  • Que, una vez más, los trabajos físicos pueden ser trasunto de los espirituales. Que todo puede tener dobles lecturas, que quien reconstruye su casa puede estar dejando atrás determinadas cosas para revalorizar otras tantas.
  • Que puede llegar a ser un momento crítico, donde se ponen a prueba muchas más cosas de lo que parece. Quien emprende una reforma, no siempre sale reformado pero estaría bien, si eso lo que necesita. 
  • Nos damos cuenta de que "con lo que tenemos podemos vivir tres vidas", sin embargo, estamos dispuestos a renunciar a algo?
  • Que me encanta el trabajo bien hecho. Me gusta la gente que trabaja bien. Y lo digo y esto genera un efecto de retorno.
  • Que agradezco cada día a las manos de cada una de las personas que han pasado por esta casa. Su labor queda impresa en los muros, el suelo, la luz y el aire. Gracias.

Silencio. Obras.

"Para crear, hay que destruir", dice Paco, nuestro Thor particular, con su maza colgando del cinto.
Temible y poderoso.
Sí, amigos, estamos en ese túnel que define una reforma, ese tránsito que empieza siendo un cambio de ventanas y se convierte en una revolución doméstica en toda regla.

Algunas cosas que estamos aprendiendo de las reformas en casa:

  • Nunca, nunca nunca, una reforma se detiene en el primer objetivo, siempre hay un sinfín de "ya ques..." que irrumpen sin cesar a uno y otro lado y ante los que no tienes, verdaderamente, ninguna fuerza. Y cedes.
  • Nunca, nunca nunca, el presupuesto que llevas en mente será respetado. Ni siquiera por uno mismo. (Intervienen de nuevo los "ya que...").
  • Por más que te prepares psicológicamente y te digas: "Vamos a llevarlo bien",  siempre hay momentos de desánimo extremo cuando, tras un día intentando abstraerte y seguir trabajando (porque trabajas desde casa, no lo olvides), y con el pelo y la ropa blancos de polvo, miras a tu alrededor y te dices, muy bajito para que nadie te oiga..."y a mí quién c... me mandaría meterme en ésto".
  • Los grifos que te gustan siempre, siempre siempre, son los más caros.
  • Lo que no tiene que hacer grietas, las hace.
  • El color del suelo solo coincide con UN color de encimera y ese color es de categoría Supreme, o sea, vale tres veces más que los otros. Y tú pones el dedo encima de Ese Color, mientras repasas un catálogo de 70 tonalidades o más donde, indefectiblemente, no hay ningún otro que valga.
  • Se puede vivir con muchísimas menos cosas de las que habitualmente necesitas. (Durante un par de meses, eso con suerte, vives en tu casa como de acampada, solo que sin vistas).
  • Siempre falta material.
  • Siempre hay escombros para tirar.
  • Siempre, siempre siempre hay polvo aunque te pases la vida barriendo. (Aparte de seguir trabajando).
  • Cuando viajas, te dices: "qué bien, desconectar". Mentira. Es como estar de ocho meses y medio, ya no puedes pensar en otra cosa. Te descubre preguntando a tus compañeros de trabajo por las excelencias del fregadero de resina contra el de porcelana mientras intentas que nadie note que, por tercera vez, llevas el mismo conjunto.
  • Las interminables discusiones bizantinas de arquitectos y paletas para verificar medidas, proporciones, perpendiculares y alineamientos te acaban pareciendo debates sobre la Cábala. Al principio, lo intentas, llega un momento en que te dejas llevar...
  • Notas cómo día a día, se enriquece tu vocabulario: Trasdosar, a eje, ripio, a hueso, condena (referido a una cerradura, aún no sé exactamente qué quiere decir), regle, y mi favorita: "Yesaire".
  • Cuando aparece el "yesaire" es como si sonasen las trompetas del Apocalipsis. Es un arcángel que señala el pricipio del fin. Cuando entra el yesaire quiere decir que los chispas, paletas y lampistas han terminado el grueso de su intervención. Con el yesaire llega la nube polvo definitivo, el último y, a partir de ahí, "los acabados".
  • El tiempo de los acabados no tiene porqué ser corto, contra lo que se pueda pensar. Nosotros no hemos llegado aún pero no espero que sea rápido, precisamente.
  • Solo una esperanza te mantiene. Acabar, acabará algún día. Además, como se suele decir, será para bien.
Yo, por ahora, tengo la sensación de ir viendo aparecer ante mí a la "hija de mi casa", adelgazada, rejuvenecida, fresca. Eso, entre nosotros.

"The lady in the van" Nicholas Hytner

Mencioné tres películas, ahí va la segunda. 

Me encanta Maggie Smith. Tan creíble, sólida y exquisita como una orquídea de concurso.
Bien, pues, en ésta ocasión, por una serie de circunstancias, la orquídea se ha convertido en un maltrecho cactus que llega a un precioso y pijísimo barrio londinense y allí se atrinchera en su furgoneta, toda mugre y deshecho social maloliente; una indeseable mascota homeless.

Esta historia aparentemente trivial, nada más lejos de la realidad, sobrevuela horizontes tan domésticos y conocidos como la compasión mal entendida, (también llamada caridad), la indolencia, el egoísmo, el compromiso social (mejor dicho, la falta de éste), la educación, la mala educación, la ayuda (inapropiada muchas veces), la (falta de) empatía y tantos paréntesis que me va a faltar espacio.

Miss Shepherd acaba ocupando la parcela de un escritor bastante pusilánime: Alan Bennet (Alex Jennings, al que no conocía y me ha sorprendido muy gratamente), al parecer por un corto espacio de tiempo pero se quedará durante 15 años.
Durante este período, los personajes despliegan sus variopintos plumajes. La mujer y su su espléndido desdén con quienes la ayudan, o creen hacerlo, con la ley, con los convencionalismos; el escritor y su alter ego, un yo desdoblado que vive las peripecias que luego él mismo narra; una madre que inicia su particular abandono del mundo y se interna en las ciénagas de la pérdida de sí misma ...


Muchos buenos hilos conductores, muchas réplicas y contra réplicas divertidas e inteligentes (es posible) y un excelente trabajo de actores principales y secundarios (Carol Burnett aparece por ahí).

Si. Estas son las películas que hay que hacer. 





"Macbeth" Justin Kurzel


Llevo un poco de retraso cinéfilo.
No se corresponde mi adoración por las películas con el tiempo dedicado y estoy resuelta a que eso termine.
Por eso, este fin de semana he visto tres películas muy destacables.

La primera, y es de reverencia total, es este Macbeth.

Lo que sabía de esta historia era aquello de la ambición; el mal resultado que tienen las acciones guiadas por el afán de riquezas y poder. Nada, pura palabrería ignorante.
De entrada, le agradezco a esta película las enormes ganas que me ha producido de leer a Shakespeare y este drama en particular.

En cuanto a la puesta en escena, no sé por dónde empezar. Es de un horizontal majestuoso. Pasan cosas hasta en el silencio, hasta en los huecos donde aparentemente no hay nada. El color, o más bien el no color es pictórico, a la vez angustioso y bello, a la vez gélido y premonitorio.
Las figuras son, al principio, sombras desdibujadas aguantando el viento que se adivina frío e inhóspito como cuchillos de hielo. Poco a poco, los caracteres se definen y aparece un Michael Fassbender excelso, a escala humana y arquetípica, creíble y magnífico, Marion Cotillard, y esos primerísimos planos donde, al igual que sus lágrimas, brilla su talento así como todo el resto del reparto que aguantan el tirón de esos dos monstruos sin pestañear.
La banda sonora acentúa con trazo aparentemente átono el eco de un lamento: La culpa, la desdicha de no poder volver atrás cuando éramos libres y puros.
Y no perder de vista los sonidos que pueblan, como domesticados, alguna parte del relato. Sonido de amuletos en el páramo, las cuentas de los collares y las cruces sobre el corpiño, el cuchillo hendiendo la carne que se resiste a perder la vida.

El alma se manifiesta, en víscera y sangre. Las palabras me dejan sin palabras, su voz, me roba la mía.

Silencio. Respeto. Es un trabajo muy grande.



No es buen año para las jacarandas

Otras veces me sorprende su llegada. 
La ola púrpura que inunda las avenidas.

Este año, en extremo cálido, en extremo seco,
extremo
las jacarandas no saben si vienen
si van, 
no saben.

Como el árbol, entreverado de verde y flor
y esos extraños frutos como crótalos
que parecen crujir con el viento
y contaminan la poética rama, 
así vivo dividida y ambivalente.
De un lado la belleza, la alegría de poder despertar,
de otro mirar en playas sin fin a los desterrados
o en aquél país, ya no tan lejano,
a los perros aterrorizados en cruento festín.

Vivo en un mundo que hace música con cuencos
y maravillas de cristal
y al mismo tiempo mata, con su basura,
a miles de tortugas en silencio.

Cómo mantener la rama púrpura?
Si caen, como alfombra, las flores
antes, incluso, de ser admiradas?

La ambivalencia de la jacaranda.
Es así. Pero qué más hay?
Me pregunto
una y otra vez.

La vida que habito

Hay vida en la casa que habito.
Respira con pulmones de aspecto inanimado.
Pero se mueve, lenta y callada; visible tan solo para quien paciente, observa y espera.
                 
                                                      video


Tema musical: Unfurnished de Alfonso Villalonga